Hombres y máquinas
Su ansia de ingravidez culminaría en un sistema que permitiera a sus figuras sostenerse sin anclajes. Y ha querido referenciarlo en obras como “Astronauta” o sobre todo “Salto al vacío”, que rememora la famosísima fotografía de Yves Klein en 1960 lanzándose desde un muro a las afueras de París. Sospecho que a Fernando le encantaría que sus esculturas volaran. Y en cierto modo lo consigue, al incorporar también artilugios y máquinas con este fin. Desde “Pionero”, “Ícaro” y “Hombre-pájaro”, que enlazan con los experimentos sobre la posibilidad del vuelo humano diseñados por Leonardo, a “Biplano”, donde, con la apariencia artesanal propia de un maquetista, evidencia la estructura constructiva de la nave. Llamativo es también su más complejo “Vehículo aéreo”, mezcla entre paracaídas y pequeño motor de impulsión, guiado por un piloto cuya peculiar fisonomía nos permitirá más adelante enlazar con otro bloque temático.
Pero es todo un abanico de aparatos, también terrestres, el que se despliega en su labor escultórica. Y es que ante la fijación de Fernando por capturar o expresar el movimiento, parecía inevitable que en su imaginario aparecieran también las máquinas que lo propician. Su voluntad constructiva, que en paralelo vemos en otros ámbitos, como el arquitectónico, se orienta aquí hacia los más diversos ingenios. El “Hombre-bicicleta”, enmarcable en el continente asiático, sería susceptible de llevar pasajeros; mientras su “Paralímpico” revela un aerodinámico medio en el que la fusión hombre y vehículo resulta aún más estrecha. Más original incluso es su “Insecto-Grúa”, fantástico ejemplo de hibridación entre la máquina y lo orgánico. Quiero imaginar que obras como ésta podrían dar un paso más en el terreno de la biomecánica y emparentarse con las insólitas creaciones de un Panamarenko.
Pero el epígrafe incluye también otro tipo de referencias, asociadas a nuevos conceptos que cobran protagonismo en ciertas figuras creadas por Fernando Suárez. En concreto me refiero al conductor del “Vehículo aéreo” al que antes aludía, o los del “Vehículo híbrido”, el “Insecto-Grúa” y algunos otros, como su “Cibernauta”. Todos ellos muestran una constitución especial, de carácter mecánico y futurista, relacionable con la robótica, aunque más que robots serían una suerte de androides o cyborgs. No es en realidad lo mismo. Los androides serían robots antropomorfos, que imitan la apariencia humana aunque están programados artificialmente, mientras el cyborg es un ser híbrido, que combina un cerebro biológico con otras partes del cuerpo manipuladas por implantes tecnológicos, en aras de mejorar sus capacidades.[1] En el marco de la ciencia ficción, como es obvio, estos parámetros generales pueden sufrir un gran número de variantes, y en la práctica algunos de estos principios ya se están aplicando en cierta medida (¿qué son si no los marcapasos, las lentillas, los implantes dentales o los miembros artificiales conectados neurológicamente?). Creadores como Stelarc han llevado estos extremos al campo artístico, generando prótesis que le permiten superar las limitaciones corporales hasta alcanzar metas insospechadas. Con otros matices, también el maniquí, la muñeca o el robot han tenido un fuerte protagonismo en el devenir artístico contemporáneo.[2]
Es difícil discernir con precisión la categoría en que se encuentran los personajes diseñados por Fernando. Los tornillos, tuercas, planchas o barras metálicas torneadas que se integran en sus cuerpos remiten a un componente mecanicista que podría emparentarlos con androides o cyborgs, y formar parte de una transhumanidad parcialmente robotizada. Pero quizás sólo sean hombres uniformados y conectados a cables y cascos, porque a fin de cuentas en esta dimensión escultórica nos movemos en el campo de la apariencia. En cualquier caso comparten una estética futurista que desde el punto de vista plástico resulta muy sugerente y puede encaminarnos hacia otros derroteros.
Así, no sería desacertado remitir al personal universo de H. R. Giger, poblado de extraños seres cuya fisonomía comparte la apariencia humanoide con otros elementos orgánicos, mecánicos, tubulares y punzantes propios de un supuesto mundo alienígena. Entre ambos artistas sin embargo hay patentes diferencias de actitud. Los personajes de Fernando pueden resultar a lo sumo enigmáticos, pero están lejos del carácter oscuro y temible que domina la estética del suizo, así como de su perturbadora carga erótica.[3]
[1] Ver Fernando Torrijos Pareja: “Estéticas transhumanas: del cyborg al androide”, en Scripta Nova. Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Vol. VIII, nº 170/53, agosto de 2004.
[2] Ver Charo Crego: Perversa y utópica. La muñeca, el maniquí y el robot en el arte del siglo XX, Madrid, Abada, 2007.
[3] Ver H. R. Giger ARh +, Colonia, Taschen, 1993.

